En memoria de mi hermano Ubaldo Rodríguez Espinal

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Ubaldo Rodriguez EspinalPaso por la dura pena de informar el fallecimiento de mi hermano UBALDO RODRIGUEZ ESPINAL, en un accidente el jueves en la noche entre una camioneta y su motocicleta.

Le sobreviven sus hijos Alicia y Brian, me uno al dolor que los embarga, al igual que nuestra madre Teodora, mis hermanas Estervina, Carmen Rosa (Xiomara) y Arelys, al igual que todos mis sobrinos, tíos y demás familiares, en Mao-Valverde, República Dominicana.

Ubaldo era mi hermano menor, nació el 30 de agosto de 1964. Fue un hijo ejemplar, que nunca se separó del lado de nuestra madre, para la cual fue siempre el niño consentido. Estuve en Mao al final del pasado mes de agosto. Le preguntaba a mi madre qué quería que le buscara para comer y me respondía con una gran sonrisa: “Pregúntale a Ubaldo, él sabe lo que a mi me gusta”. Y así era con sus medicinas, sus cigarros, sus antojos… Pregúntale a Ubaldo”.

Fue un buen padre para sus dos hijos, a los cuales siempre consentía. Fue un amigo para muchas personas con las que compartía o les daba masajes terapéuticos, que era lo que hacía, en especial sentía un cuidado extraordinario por los niños con disfunciones. Precisamente la noche del accidente había salido a dar un masaje a alguien.

Es normal que yo me resista a expresar los sentimientos que vienen desde la infancia con respecto a la relación que tuve con mi hermano. Pero no tengo porque cambiar esa relación porque mi hermano haya fallecido. No dejamos de amar a alguien solo porque haya muerto. Aún cuando no podemos llamarlo por teléfono, lo mismo podemos “hablar” con él o incluso escribirle unas notas. Mantenemos vivos en nuestros corazones a todos aquellos a quienes amamos, transformando la relación en recuerdos saludables.

Ubaldo Rodriguez Espinal
Ubaldo fue un hermano especial. Siempre fue sencillo, amable, cariñoso y hasta se hacía el bobo conmigo, pero terminaba quitándome las novias. Aunque yo era mayor que él, siempre terminaba siguiendo sus consejos. Si me gustaba una muchacha del barrio, y creía que no era apropiada para mi, me lo decía con firmeza: “Aléjate de ella, no te conviene”. Y yo lo aceptaba porque sí.

Era el hijo predilecto de nuestra madre, pero ni mis hermanas ni yo sentíamos celos, porque veíamos en él, a ese ser especial que cuidaba de nuestra madre por encima de todas las cosas. ¿Por qué no te independizas y busca una mujer con la cual vivir?, le pregunté un día, y me respondió: “No. Quiero estar al lado de mamá para cuidarla”.

Nuestros corazones están destrozados por la muerte de Ubaldo. Pero el corazón más herido es el de nuestra madre Teodora. Espero que Dios pueda consolarla y le dé fuerza para seguir viviendo.

Levanto una oración por mi hermano, que siga siendo esa luz que nunca se apagó en amor y paz. ¡Descansa en paz, Ubaldo!.

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