La lámpara «jumiadora» de mi abuela Eufracia

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© Por Antonio Espinal

Anoche tuve un sueño que me regresó al pasado de mi niñez: El escenario fue el bohío de mi abuela Eufracia, que para que lo entiendan las nuevas generaciones era una casita hecha de yaguas con piso de barro. Estaba ubicada en la calle 15 #51 de lo que entonces le llamaban El Batey (hoy Don Bosco), en el sector de Hatico, Mao-Valverde, República Dominicana.

En un rincón del bohío había una mesita con una lámpara «jumiadora» o humeadora: un recipiente metálico en forma de embudo que funcionaba con gas kerosene. Estaba acostumbrado ya a su olor que se mezclaba con el humo que lanzaba por otro lado el cigarro de mi vieja.

Estudiaba de noche y a veces de madrugada con esa lámpara. ¿Por qué? No disponía de todos los libros necesarios y se los tomaba prestados a los hijos de Polo y Elida Pacheco (Carmen Yoselin, José Agustín y Olga) que íbamos juntos a la escuela. Los otros hermanos, Domingo se había enlistado en la Marina y Teresa era una niña. Como ellos estudiaban regularmente por la tarde, escogía la tanda de la noche o la madrugada a fin de cumplir con mis obligaciones de estudiante.

El humo de la lámpara irritaba mis ojos, pero eso no me impedía leer los libros, porque me sobraban las ganas de aprender. Por la mañana, mi abuela me preparaba un desayuno variado: un día era un «pan de dos» (o sea que costaba dos centavos) con una taza de morifinga, una mezcla de leche con chocolate. Otro día era un mangú de plátanos con cebolla y salami fritos. Pero el más rico de todos los desayunos me lo preparaba mi abuelo Pedrito: chicharrones con yuca, acompañado de una taza de chocolate de agua.

Mis dos abuelos vendían «frituras»: chicharrones, longanizas, morcilla y tostones, que para mis amigos no dominicanos, son plátanos verdes que se cortan en pedazos y se fríen hasta que se comiencen a dorar. Se retiran de la sartén y se colocan sobre papel absorbente para eliminar el exceso de grasa. Luego se aplastan uno a uno con la ayuda de un rodillo, mazo o incluso con la mano. Algunas personas tenían una tostonera, que es un pequeño utensilio de madera especialmente para aplastar los plátanos y hacer tostones.

¡Qué tremenda «jartura» me daba con chicharrones y tostones!

Iba a pié a la escuela, tanto la primaria como el Liceo Secundario. En este ultimo me surgió la idea loca de crear un periódico estudiantil llamado «LS» por las siglas de Liceo Secundario, que en principio circuló en la provincia de Valverde, luego en toda la región noroeste. Escribían artículos tanto profesores como estudiantes y ese medio se convirtió en la voz estudiantil de la región contra los desafueros de la dictadura encubierta de Joaquín Balaguer. Me arrestaron en un par de ocasiones y fuí a parar en las garras del Coronel Bisonó Jackson, de Santiago.

El periódico estudiantil me dio fama: El periodista y locutor Ramón de Luna (Santiago) me contrató como Corresponsal en Mao del noticiero radial La Situación Mundial, seguido por don Armando Almánzar, director del diario La Información (Santiago). Entre arrestos y golpizas continué mi labor de Corresponsal hasta lograr que las grandes ligas del periodismo dominicano se interesara por mis servicios: El periodista y poeta Juan José Ayuso me llevó a El Sol y Radhamés Gómez Pepín, Silvio Herasme Peña y Eulalio Almonte Rubiera, me llevaron para el noticiero radial No-Tiempo de Radio Comercial.

Y mi gran toque (¿de suerte?) me lo llevó el Dr. Freddy Gatón Arce, Director del diario El Nacional cuando fue a visitarme a Mao para pedirme «Quiero que te vayas conmigo para la capital». Tanto Freddy como don Rafael Herrera (director del Listín Diario) publicaron que yo era el mejor corresponsal periodístico de la República Dominicana, pero lo que más me gustó fue que Rafael Herrera escribiera que con todas las noticias que yo enviaba desde la provincia «había re-descubierto a Mao», ya que este pueblo salía casi todos los días en la portada de El Nacional, debido a mis escritos. ¿Y la recompensa? Las golpizas que me daba la Policía (y una vez el Ejército) porque publicaba las actuaciones de los representantes regionales de la «democracia» de don Joaquín.

La mayor represión que tuvo mi pueblo era conducida por el cacique coronel Carlos Jáquez Olivero y el capitán Jiminián, los cuales estaban al servicio de Balaguer para encarcelar, golpear e incluso asesinar, como pasó con un joven apodado «Papano», que fue ejecutado debajo de una cama. Ese mismo día me arrestaron y golpearon, primero los militares y luego el propio Jiminián. El Nacional contrató al jurista santiagués Ramón Antonio Negro Veras, quien consiguió mi libertad.

Ya en la capital, visitaba cada fin de semana a mi abuela Eufracia y a mi madre Teodora Espinal. Para entonces, Eufracia tenía luz eléctrica, pero en la casa se prendía todas las noches la lámpara jumiadora que era más moderna, con estructura de vidrio y la mecha dentro de una cápsula también de vidrio que impedía que el viento la apagara.

A esa lámpara jumiadora le debo en gran parte que pueda escribir estas notas que a lo mejor te gustan. Es parte de mi historia, de los años felices de mi niñez, adolescencia, que se quedaron en mi memoria con más fuerza que las lámparas fluorescentes y hasta digital que vemos hoy día.

¿Por qué usted usa la jumiadora si hay luz eléctrica?, le pregunté a mi abuela, cuando la economía cambió un poco, a lo que me respondió: «No quiero quedarme a oscuras y esa luz que puso Benito (mi padre) siempre se va.
¡Con mi jumiadora no hay apagones!», enfatizó mi vieja.

www.antonioespinal.com

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Acerca de Antonio Espinal

Periodista Investigativo y Editor de varias publicaciones en español. Especializado en tecnología de Internet. Presidente de ITS Websites LLC https://itswebsites.com/wp/
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