La Radio de mi abuela Eufracia

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Vieja RadioPor Antonio Espinal

En momentos de ocio –durante mi juventud– me regocijaba escuchando los candentes comentarios sobre la comunidad que hacían Inmaculada y Gabriel Peña en Radio Mao o la música romántica de Julio Iglesias, Leonardo Fabio y Sandro, que ponía Rafael Peralta en Radio Santa Cruz. Los tres locutores, que forman parte de la historia de Mao, eran mis mejores amigos.

Escuchaba esos programas sentado en una hamaca del bohío de mi abuela Eufracia, mientras ella preparaba la comida en su fogón de tres piedras. O escuchaba la radio comiendo mangos en el patio de la casa de mi madre Aurora y mi padrastro Silvano, a quien yo llamaba cariñosamnente Cilantro. Eran parte de esa historia que se le queda grabada a uno en los recuerdos que me gustaría llamar «Nuestros años felices».

Mi abuela Eufracia vivía en una casa hecha de yaguas y disfrutaba conmigo de las canciones, con la diferencia de que cuando yo quería escuchar a Inmaculada y a Gabriel, ella me pedía que le pusiera a Rafael, en otro programa vespertino con música del Cieguito de Nagua. A veces nos hacían compañía las mejores amigas de mi abuela, Aguedita y Lola, vecinas del frente con quien ella compartía sus ilusiones, sus risotadas y sus cigarros.

Era el barrio de El Batey, que ahora me obligan a llamarlo Don Bosco. Mi tiempo se repartía entre mi madre Aurora, que siempre me preparaba mi plato favorito de arroz blanco con espaguetis guisados o mi madrastra Josefina, cuya casa en el barrio de Hatico, era para mi una forma de vacaciones diarias.

Escuchaba la radio en un aparato como el que aparece en esta foto. El sonido era limpio como hoy día en esos aparatos modernos que retuercen la imaginación. Al mediodía pasaba a escuchar el noticiero La Situación Mundial, de Ramón de Luna y Minucha, para quienes unos años más tarde pasé a trabajar como su Corresponsal en Mao.

«Nuestros años felices». La vida era sencilla. Contábamos historias sentados en una silla tomando agua directamente de un coco, reíamos y nos movíamos de un barrio a otro en los autobuses que llamábamos guaguas o en los taxis o conchos.

Hablábamos de cómo sería el futuro. Pero no nos imaginamos ni remótamente que la tecnología cambiaría de tal forma que en lugar de charlar sentados en sillas de madera y guano nos comunicaríamos por Facebook, donde explicamos todo de todo de todo, desde si despertamos amargados, qué comimos o tomamos, si nos sentimos alegres, pegamos gritos y usamos un lenguaje completamente nuevo, mezclado de símbolos y veinticuatro formatos que apenas estoy aprendiendo.

Ayer ví por ejemplo que una sobrina escribía simplemente la palabra «Aaaaayyyyyyyy…» y debajo 17 amigos habían indicado «Me Gusta». Igual ví 14 «Me Gusta» en otra persona que escribió «Qué frío tengo». Reconozco que estoy perdiendo mi capacidad de comprensión, o simplemente estamos frente a un nuevo idioma tecnológico que excita los ánimos.

Y se me ocurre pensar cómo se hubiese comportado mi abuela Eufracia con una cuenta de Facebook y todos los «Me Gusta» que hubiera conseguido cuando soltara las trece malas palabras favoritas que le salían casi automáticamente mientras  disfrutaba las canciones del Cieguito de Nagua.

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Acerca de Antonio Espinal

Periodista Investigativo y Editor de varias publicaciones en español. Especializado en tecnología de Internet. Presidente de ITS Websites LLC https://itswebsites.com/wp/
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